sábado, 10 de diciembre de 2016


Siempre, es esta época del año, vuelvo a esta cita de Maria Zambrano. Hoy me dio por buscar la Luz en esta preciosa obra de mi paisano Rembrandt, "El filósofo meditando".


"La luz de la pintura es la luz prometida, no la encontrada a diario, por grande que sea su esplendor. No la luz que hace visibles las cosas para andar entre ellas y para regalo de la retina ávida. El corazón, las entrañas, son la metáfora con que el lenguaje común designa desde siempre esa oscuridad habitada que aspira a su propia luz."
María Zambrano


La alta sensibilidad, un caso de indignación y victimismo

No me extrañaría si, siendo una persona altamente sensible -una PAS-,  te ha pasado en algún momento, el haber sentido una profunda indignación por tener un determinado tema muy claro y que, sin embargo, no hayas conseguido que tu interlocutor te entienda. Me gustaría darte un ejemplo de esto con algo que me pasó hace unos días...


La PASajera víctima
La vi venir desde mi fila 16, la última en embarcar. Hablaba sola y echaba humo. En cuanto se acercaba, yo iba escuchándola mejor…
“No puede ser. Siempre me pasa esto. Siempre. Es mi derecho, lo he pagado. Ya me volverán a robar. ¡Siempre lo mismo!”
Se sentó a mi lado, la única plaza que quedaba libre. Asiento pasillo. Nada más sentarse, volvió a repetir su historia: “Hay que ver. Y mis derechos, ¿qué? Siempre me roban; ya me han robado la maleta tres veces y volverá a pasar. Y he pagado para llevar mi maleta a bordo.”
¿Me meto? -me digo-, ¿o no me meto? Pero la vi tan mal que, anda, a ver si le echo un cable…
Me giro hacia ella y le sonrío. “¿Qué ha pasado?
“Lo de siempre. No saben calcular. Avión lleno y no caben más maletas en los compartimientos de la cabina. Tuve que entregar la mía y me la robarán… como no llevan control, siempre me la roban. Yo he pagado para tener la maleta en cabina y es mi derecho subirla a la cabina, pero como ellos no saben calcular, me la quitan para ponerla en bodega y allí la roban, como siempre. Y nadie me hace caso mientras que ese es mi derecho.”
Se calla un momento, pero sigue echando humo. Está más que indignada. Me doy cuenta de que también tiene miedo. Miedo a volar. Reviso mis observaciones y de nuevo me doy cuenta de que ha sido la última en subir al avión.
“¿Ha venido con otro vuelo y ha hecho trasbordo? He visto que era la última pasajera en venir a bordo. ¿Iba retrasado el otro vuelo?”
“No, no, que va. Siempre subo la última, siempre. No soporto las aglomeraciones, odio estar como una sardina en una lata. Pero siempre me pasa con esta compañía, y no es que sea la más barata. Siempre lo mismo y con los retrasos. Y ahora tendré que esperar mi maleta, y es que tengo prisa y he pagado para poder tenerla en cabina. Voy a emigrar. Este país…”

Me quedo con lo de No soporto la aglomeraciones, odio estar como  sardina en lata. Pueden ser claves PAS… A esto añado su miedo palpable, su cara de asustada. Su victimismo y sus generalizaciones. No me extrañaría que su rabia e indignación le sirvan para tapar ese miedo a volar. Pobre mujer. Está tan alterada, sin embargo, que veo que la media hora que tenemos por delante no será suficiente para poder calmarla y, posiblemente, ni siquiera quiere calmarse para no tener que afrontar el miedo que siente. Por tanto, intento empatizar y y le digo: “Vaya, la entiendo. Hacemos la maleta pequeña y ligera para poder tenerla cerca, para no perderla de la vista, y ahora le ha pasado esto. Entiendo que está preocupada, además teniendo la experiencia de que otras veces ya ha perdido la maleta. Cierto, podrían calcular mejor el espacio para maletas en cabina…”
Me mira por primera vez con sus grandes y preciosos ojos azules, y veo que duda sobre cómo tiene que tomar mi comentario, ¿es sincero o no? Suspira, y vuelve a repetir su historia, pero esta vez con menos vehemencia. Quiero creer que se ha calmado un poco.
Aterrizamos y la primera que se levanta y corre hacia delante es ella, empujando a una señora que ya estaba en el pasillo. Espero que haya podido recuperar su maleta y que el resto del día le vaya bien.

Victimismo versus tomar responsabilidad
Te pasa algo de este tipo -el hecho de tener que entregar la maleta-, y a mí me ha pasado, y ¿qué haces? ¿Te quedas con tus derechos y te pones rabiosa? Objetivamente podrías saber (y más si eres viajero frecuente) que estas cosas pasan y que por eso tienes dos posibilidades, o te pones a tiempo en fila para entrar (hasta puedes pagar un poco más y comprarte preferente) o, como ha hecho esta mujer, esperas hasta todo el mundo haya subido y te la juegas. Y, por cierto, no se paga por tener la maleta en cabina, al contrario, se paga justamente por facturar. En el caso de esta mujer –su miedo aparte- su papel de víctima no estaba justificado y me imagino que incluso lo sabía, aunque no le interesaba hacerse responsable por la parte que le tocaba en esta pequeña historia.
Como PAS a veces pasa que nos sentimos cómodos en el papel de víctimas. A veces el mundo nos viene tan grande y nos sentimos tan incomprendidos e incluso rechazados que nos hacemos “pequeños” esperando que alguien nos eche un cable. Y no pasa nada, de verdad. Casi siempre estos cables llegan y con el tiempo generalmente conseguimos ver que de una manera u otro hemos contribuido a que una determinada situación se produzca; lo vemos y nos responsabilizamos. Pero también puede pasar, como hemos visto el la historia de arriba, que nos quedemos atrapados en ese papel y por muchos cables que el entorno nos quiera echar, no hay manera. Si esto pasa (y no quiero entrar en los posibles motivos subyacentes como el miedo) corres el riesgo de entrar en un círculo vicioso en el cual tu actitud  va aumentando, y cada vez te será más difícil ver tu responsabilidad en el asunto. Muy raras veces una situación es totalmente blanca y negra, y a veces hay que mirar y buscar un poco más allá de aquello que observamos a primera vista.

Si te sientes víctima, ¿qué puedes hacer?
Partiendo del ejemplo de la PASajera podemos ver los pasos que ella podía haber dado para sentirse menos indignada y tomar el control de la situación.
Si la situación me lo hubiera permitido, le podía haber hecho unas cuantas preguntas para aclarar la situación, para neutralizar ese "veneno subjetivo" que le hacía sentir tan mal, indefensa y eso, víctima.
  • ¿Qué ha pasado? y ¿Cómo te sientes? Has visto que estas son las preguntas que he hecho a la PASajera, y ella, con toda esa indignación, me ha contado lo que, según ella, había pasado.
  • ¿Cuáles, según puedes ver, son los hechos concretos? ¿Qué cosas sabes a ciencia cierta? No ha habido oportunidad para hacerle estas preguntas, pero si lo hubiera habido, la respuesta hubiera sido: "He sido, queriendo, la última en subir a bordo y me han hecho entregar la maleta porque el vuelo estaba lleno y solo hay espacio para 80 maletas en los compartimientos superiores. Mi maleta, en lugar de viajar conmigo en cabina, ahora viajará en bodega y tendré que recogerla en la cinta de equipajes en el aeropuerto del destino".
  • ¿Podías haber hecho algo para evitar esta situación que no te gusta? "Sí. Podía haber comprado el derecho a subir con preferencia. También podía haberme puesto a tiempo en la fila para subir al avión. Teniendo la experiencia que tengo en los vuelos de esta compañía, ambas opciones hubiesen evitado la situación que me produjo este malestar".
  • ¿Eres capaz de ver que parte de esta historia es tu responsabilidad y no de la compañía? Claro, siempre teniendo en cuenta que sabía lo que iba a pasar, ya que -como dije- me ha pasado más veces que tengo que entregar la maleta.
  • ¿Puedes aceptarlo? No me queda remedio. Es cierto que no me gusta volar, es cierto que no me gusta estar en un pequeño espacio con gente que no conozco de nada, pero esto forma parte de viajar en avión. Si quiero viajar de esta manera y si no quiero pagar más, tengo que aceptar esto.

El papel de víctima es un rol que vamos encontrando con cierta frecuencia dentro del gran grupo de personas altamente sensibles, y no es de extrañar. Muchos, y generalmente antes de descubrir el rasgo y darse cuenta que existen muchas personas como tú, se sienten un "bicho raro", vulnerables e indefensos dentro de un mundo lleno de alfileres que no parece entenderte. Muchos luchan e intentan encajar sin conseguirlo del todo, y tarde o temprano tiran la toalla. Si esto sucede más que probable que te sientas víctima.
A lo mejor cuesta cambiar el chip, pero no es imposible hacerlo. Tomar consciencia de tu rasgo y de la realidad tal como la llegarás a ver a través de las gafas del conocimiento del rasgo, te puede ayudar a cambiar la perspectiva y volver a tomar las riendas de tu vida. Hacerte preguntas del tipo que hemos visto en el ejemplo te pueden ayudar a objetivar y a tomar responsabilidad. Recuerda: ¡siempre puedes elegir!

Si quieres saber más sobre el papel de la víctima, te pueden interesar los siguientes artículos:



martes, 1 de noviembre de 2016

Altamente Sensible y Hollywood


Si, al leer este título, pensabas que os iba hablar sobre qué actores de la gran pantalla son PAS o podrían ser PAS, lo siento, no es el caso. Mi intención no es esta, ni tengo la intención de hablar sobre películas en general o sobre guionistas, aunque siempre pienso que muchos de los guionistas de las grandes y no tan grandes películas tienen que ser PAS, ya que las PAS tenemos esa capacidad casi ilimitada de crear una "película" desde la -aparentemente- nada. Pues no, no hablaremos de actores ni de películas conocidas, sino que en este artículo me quiero limitar a esa capacidad tan típica de las PAS, esa enorme capacidad creadora que nos hace, en cuestión de milisegundos, inventar una historia basada en... ah, exacto, ¿en qué?

Muchas veces nos basta un gesto, una mirada, una palabra, un determinado tono de voz para que, dentro de nosotros, en seguida se dispare una posible explicación de algo que, a lo mejor, ni siquiera requiere una explicación. Creo que, si eres PAS y si lees esto, ya me entiendes, pero para ilustrar el tema un poco más, daré unos ejemplos, el primero de mi familia:

Mi padre, cuanto más mayor, más sensible se hacía. Ojalá yo hubiese sabido del rasgo mientras él vivía, ya que la convivencia hubiera sido más fácil y la comprensión mucho mayor. Recuerdo aquel día en que mi hija, una niña un tanto impulsiva y exploradora, sintió curiosidad por ver qué había detrás de la ventana de una caseta. Ella, con sus escasos cuatro añitos, era pequeña y la ventana demasiado alta, pero en seguida encontró una solución. Cogió una tabla de madera y la puso contra el cristal de la ventana, luego subió a la tabla y... la ventana se rompió y ella se cayó, cortándose con algún trozo del cristal roto. Hubo llantos y sangre, claro, pero el daño físico era bastante limitado. Bueno, cuando al día siguiente mi padre me llamó, le conté lo que le había pasado a su nieta. Él se preocupó terriblemente y empezó hablarme sobre los peligros de los cristales rotos, de las heridas profundas, de los hospitales y de la gangrena. ¡Y no venía a cuento! Recuerdo como él ya no era capaz de escucharme y que solamente estaba imaginando escenas terribles. No hubo manera de calmarlo ya que dentro de su preocupación había pasado una barrera que hacía que solamente fuera capaz de vivir su propia película, el montaje que él solo se había hecho del pequeño incidente. En aquel entonces, yo no podía entender su exagerada reacción, pero sí decidí no volver a contarle nunca más las muchas y menudas  aventuras de su nieta...

Otro ejemplo viene de un cliente, de Quique. Quique se ha enterado de una noticia muy importante (según él y para él) que quiere compartir con una amiga, porque según él es muy importante que ella lo sepa, ya que se trata de algo que ha descubierto de su marido. Le manda un mensaje a María, diciéndole que es urgente que se vean porque tiene algo importante que decirle. María, una mujer muy ocupada y con muchas responsabilidades, le dice que puede verlo la semana que viene pero que tendrá que ser después de recoger a su hija de la guardería y que vendría con ella. A Quique esto no le va bien ya que quiere hablarle de su marido, del padre de la niña. Aunque no le ha dicho a María de qué quiere hablarle, le contesta que quiere verla sin niña y a solas, y ella le contesta que por el momento no puede quedar porque su agenda no se lo permite. Quique se ofende y empieza a montarse una película en la cual (como en la gran mayoría de sus películas) nadie lo respeta, nadie siente el más mínimo interés por él y -cómo no- nadie lo quiere. Me lo cuenta y veo que se siente realmente ofendido y no reconocido. Le cuesta entender que su comunicación con María a lo mejor ha sido un poco incompleta y que, aunque él sabe lo que quiere contarle, ella no tiene ni idea y que, por la manera en que él ha formulado su deseo de verla, tampoco podía haberse dado cuenta de la importancia (¿realmente era importante para ella?) del tema. Quique se ha montado una peli y ha acabado sintiéndose no-valorado y víctima a causa de su propia falta de claridad y de información.

Te llaman desde la consulta de tu ginecólogo, que tienes que volver porque la citología no ha salido bien. Te dan una nueva cita y tú dices, "de acuerdo". No preguntas, asumes. Y te empiezas a montar tus películas. No preguntas nada "por si acaso" y porque tienes miedo. Ese mismo miedo que hace que empieces a pensar en cosas que van desde desagradables hasta horribles. Tienes que esperar casi dos meses hasta "esa" cita y pasas dos meses durmiendo mal y con dolor de barriga por los nervios y el miedo.

Has quedado con un colega del trabajo en la cafetería al lado del trabajo. Nada más llegar, él te pone mala cara. Muy mala cara. En seguida te pones rojo con una vaga sensación de culpabilidad, pero, ¿culpabilidad, por qué? ¿Qué has hecho? ¿Habrás hecho algo que no le ha gustado? ¿Te has olvidado de algo? Todo esto en un milisegundo. Podrías preguntarle "¿Te pasa algo?" Pero te callas por vergüenza, porque ya tienes asumido que has hecho algo fatal aunque no te acuerdas de qué ha sido. Unos segundos después tu colega te dice: "Mecachis: he dejado el móvil en el despacho".

Podría seguir con muchos ejemplos más, pero creo que la idea está clara: si eres alguien que, como la gran mayoría de las PAS, tiene tendencia a montarse películas, especialmente películas “de terror", te convendría poner en marcha la siguiente rutina: 

  • En el momento en que te das cuenta que te estás montando una película, respira, respira una vez más y di: "¡STOP!"
  • Revisa la película y pregúntate: ¿Cuáles son los hechos? ¿Qué sé a ciencia cierta? ¿Cuál es la información en la que me estoy basando? ¿Quizá estoy proyectando algo causado por mis miedos/creencias? ¿Qué parte estoy asumiendo/añadiendo y que no tiene base verificada?
  • ¿Me falta más información? ¿Tengo que pedir/dar más información?
  • ¿Qué información/datos necesito para desmontar la película y entregarme con calma a la situación que tengo delante?

Recuerda que 99% de los conflictos son fruto de malentendidos, de asumir cosas que la gente añade sin darse cuenta a un simple comentario o gesto y que ni siquiera cuestiona, todo esto alimentado por los propios miedos e inseguridades de la persona PAS. Los saboteadores (esas vocesitas que se hacen oir en tu pensar y que suelen ser fruto del miedo y de la inseguridad) hacen lo que pueden para susurrarte información no validada y confirmada y les encanta cuando les sigues el juego. Pero, ¡son fantasmas! La única manera de combatirlos y calmarte es preguntar y verificar o, según el caso, dar más información y dar mensajes claros y no manipulados.

Ya sabes, como PAS disponemos de un caudal enorme de información, de un banco de datos gigantesco que, en momentos buenos, nos permite encontrar soluciones geniales a cualquier problema, pero que, en momentos en los que dominan la inseguridad y el miedo, nos pueden alimentar con ideas y conjeturas de todo tipo con tendencia al problema, al drama y al conflicto.  Si esto pasa, para y toma consciencia de ¡quién piensa en ti! (¿Tu mismo o, quizá, algún saboteador?)

martes, 25 de octubre de 2016

Hoy recibí un correo que decía...


"Paseaba por una librería y topé con tu libro, leí el título y sentí curiosidad por saber más. Leí el índice y me sentí comprendida y después de hojearlo un poco lo compré. Lo estoy leyendo y estoy "adicta", me está ayudando a entender muchas cosas de mi y que hasta ahora yo misma me achacaba a "no es para tanto", "no puede ser que me afecte tanto"... y cosas así. Gracias por escribirlo". 
¿Existe un cumplido más bonito?

jueves, 13 de octubre de 2016

La alta sensibilidad y la necesidad de poner límites

Marcar tu espacio y mantenerlo, decir "no" cuando quieres decir  "no" o simplemente cuando lo necesitas, apagar el móvil o por lo menos el sonido, pararle los pies cuando sientes que alguien está invadiendo tu espacio hasta agredirte aunque sea “solo” verbalmente... poner límites de este tipo sin sentirte culpable, son algunos de los temas que a la persona altamente sensible, a la PAS, le suelen costar bastante.
Si eres PAS y lees esto, es posible que entiendas perfectamente lo que estoy diciendo, ya que la mayoría de nosotros suele manejar un vocabulario en el cual la palabra "no" simplemente no aparece. Esto es una pena porque es una de las palabras -con sus muchas variantes- que más falta nos hacen.
Tu espacio
Seguramente sabes que una de las típicas características de nuestro bello rasgo es el riesgo de saturarnos. La saturación es la consecuencia del hecho de que tenemos el sistema neurosensorial muy, digamos, desarrollado, lo que hace que nuestros sentidos siempre y continuamente reciban mucha más información que la que reciben los sentidos de una no-PAS. Comprenderás que, donde una no-PAS puede aguantar mucho tiempo en, por poner un ejemplo, un centro comercial a la hora punta, la PAS no tardará mucho en sentirse mal o por lo menos agobiada por ese bombardeo de información que sus sentidos van recibiendo. Si una persona recibe más información de la que puede gestionar, su cerebro se satura. Para sanar la saturación mental y emocional se requiere minimizar o cortar el flujo de información sensorial o, dicho con otras palabras, retirarse del ajetreo, buscar un sitio tranquilo hasta incluso, en algunos casos, necesitar una habitación oscura en la que reine el silencio. Cuanto mejor sepas escuchar las señales de tu cuerpo y cuanto antes sepas cortar con el bombardeo sensorial (poner un límite) menos tiempo necesitarás para “recomponerte”. Querer pasar por fuerte y duro, sin embargo, puede llevarte a, por ejemplo, un ataque de ansiedad o de hiperventilación.
Disponibilidad completa
Una de las características positivas de nuestro rasgo es la disponibilidad y el deseo a ayudar, de echar un cable donde haga falta. Y como todo lo positivo, lo luminoso, tiene su lado conflictivo o su sombra, aquí nos puede pasar que, por no (saber) poner límites, carezcamos de esos límites y que siempre estemos disponibles y listos para contestar, responder, comentar, acudir, aconsejar... Estar disponible 24 horas al día simplemente no es una buena idea ya que, si siempre estamos con las antenas hacia fuera y esperando el momento en que nos llegue una señal de quien sea, nunca podemos descansar, nunca estamos con "nosotros mismos" y nunca llegamos a conectar con nuestro ser interior. Es imposible. Para muchos, el móvil ha llegado a ser el centro de nuestra existencia: un instrumento que nos domina, del que dependemos. Si alguna vez has perdido tu móvil, ¿te acuerdas cómo te sentías?
Mientras que el móvil (y las otras pantallas) parece ser un salvador que te aporta la falsa sensación de no estar solo y de tener amigos, en realidad es un saboteador que te roba tiempo valioso presentándote un mundo virtual, y que todavía te hace más vulnerable a una demanda desbordada del "exterior". Conviene poner límites, la verdad. Apagarlo por la noche es un primer paso (encima te ahorras estar expuesta a la radiación electromagnética), luego podrías pensar en apagarlo o silenciarlo en determinados momentos del día (comidas, cuando estás trabajando, mientras estás con otra gente, etcétera). Puedes eliminar "amigos", puedes borrarte de chats y de grupos de whatsapp diciendo -si quieres- que te tomas una pausa por saturación. No tengas miedo a que te dejen de querer: si te quieren, te comprenderán y te seguirán queriendo, y a los otros, a esos que no te quieren, no les importará.
Puede ser una buena idea apuntar el tiempo que pierdes en la participación on-line; tomar consciencia te ayudará a establecer límites y de volver a dedicarte el tiempo a ti mismo o a tu familia.

Límites en relaciones personales, abuso y maltrato
Si te ha pasado que te sientes víctima de un trato que te duele, que te hace daño ha llegado el momento de levantarte y poner límites. En otra ocasión he escrito sobre banderas rojas en una relación, y no me quiero repetir, pero si eres una PAS -como muchas- que tiene esa tendencia a dar, dar y dar, y si en ti vive la expectativa de que el mundo te debe devolver esa ayuda en el momento en que necesitas asistencia, te digo que te equivocas (perdona que lo diga tan claro). Si das es porque quieres dar, porque das desde la libertad. No para luego poder reclamar lo "regalado". El mundo no te debe nada. Nada. Si te llegas a sentir víctima probablemente es porque has esperado algo a cambio. Ojo, hablo de relaciones entre adultos. Es más que probable que no seas víctima, sino que hayas dejado de poner/establecer límites. Antes de prestar ayuda, pregúntate si lo haces de manera "limpia", simplemente porque te sientes llamado a ayudar y sin esperar nada a cambio. Eres libre. Decir "no puedo" o "ahora no me va bien" son maneras de poner límites, ser claro y tomar responsabilidad de tus actos. ¿Tienes miedo al "qué dirán"? Tranquilo: la mayoría de la gente siempre tendrá algo que opinar sobre lo que haces o dices. Ten claro que es imposible gustar a todo el mundo; a ti tampoco te cae todo el mundo igual de bien.
El tema se torna aún más serio si te pasa que, como consecuencia de no haber marcado tus límites y por el hecho de dar, dar y dar, aparecen personas que abusan de ti, que te utilizan, te pisan y te insultan. Ahí el límite todavía tiene que ser mucho más tajante. Si no lo consigues, pide ayuda, y no a alguien que crees que te debe un favor. Hay instancias y profesionales especializados en este tema. Atención a los chantajes emocionales; si aparecen con cierta regularidad significa que algo no va bien.

Poner límites es necesario para:
  • alimentar la autoestima
  • ganar respeto
  • manejar los niveles de estrés y no agotarse/saturarse
  • poder ayudar de una manera más efectiva y desde la libertad
  • mantener un sano equilibrio entre quien eres y lo que el mundo necesita de ti
  • sentirte responsable y dueño de tu vida
  • honrar tu Yo
  • evitar convertirte en un ser sin voluntad propia, manejado por una  malsana demanda o exigencia ajena
  • poder disfrutar al máximo del rasgo de la alta sensibilidad 
Está claro que dejar de establecer estas barreras personales te lleva a lo contrario. Por no querer ser negativa prefiero resaltar lo positivo.
Puede ser que te resulta difícil poner estos límites, y es normal. Si crees que necesitas una mano, piensa en contactar un coach con un profundo conocimiento del rasgo de la alta sensibilidad. Ya sabes, estaré encantada de ayudarte.